El precio no mide el valor
El precio no es una medida del valor de las cosas, sino de su escasez. El valor es una medida de la utilidad que tiene algo para alcanzar mi fin. Las cosas de más valor típicamente no tienen precio.
El precio no es una medida del valor de las cosas, sino de su escasez. El valor es una medida de la utilidad que tiene algo para alcanzar mi fin. Las cosas de más valor típicamente no tienen precio.
Mejor que definir al hombre como animal racional es definirlo como animal libre. Libre no en el sentido de que no tenga ataduras, sino en el de que tiene que guiarse a sí mismo, no puede depender enteramente de su programa genético.
El trabajo no es, simplemente, una actividad remunerada. El trabajo es la forma en la que cada persona contribuye a hacer un mundo mejor, aumentando el orden, o sacando desorden, de su entorno.
Y hay dos formas de aumentar el orden en un sistema: aportar energía; o aportar información.
La verdad de una institución, de un colectivo (empresa, tribu, iglesia) está en conseguir la síntesis, el yin yang, entre:
a) Autoridad o Jerarquía (desde arriba) y b) Carisma o Espontaneidad (desde abajo)
La función más importante de los jefes es unificar, unir los espíritus de su gente:;
a) unir inteligencias recopilando y pasando información; y
b) unir voluntades señalando metas comunes.
Para Platón, la causa final no era otra cosa que la intención del demiurgo al hacer el mundo. Esto, en el fondo, más que una causa final, es una causa eficiente. Aristóteles reconoce que hay otra finalidad en la Naturaleza: que todo se comporta como buscando un fin: la roca y el fuego van como buscando a sus iguales, en la tierra y en el aire.
Quizás admitir este segundo tipo de finalidad es lo que necesita por ahora la ciencia moderna para lograr liberarse de la prision del mecanicismo, sin tener que afirmar una Inteligencia Superior.
La “crisis moderna” será dejada atrás por una síntesis superadora entre el racionalismo escolástico y el voluntarismo protestante y nominalista.
Esta síntesis no consistirá en “volver” a un racionalismo, en devolver a la razón a su sitio, sino en reconocer el valor -como otra vía de acceso a Dios -de la “racionalidad del corazón”.
Esta “racionalidad del corazón”, no es un sentimentalismo, es la capacidad de conocer la verdad por otros medios adicionales a la razón, como son los sentimientos y la fe (la confianza en lo que otros dicen).
Para esto ha de eliminarse el voluntarismo de pensar que los mandamientos son arbitrarios, porque Dios podría haber mandado cualquier cosa.
¿Y cómo la gente, o al menos los pensadores, van a dejar de pensar así?
Cuando descubran: que la moral está inscrita en la biología, que el Cielo se gana siendo un buen animal (descubriendo la racionalidad del camino a la salvación) que hay una sabiduría no racional en las Tradiciones y en los sentimientos; es decir, descubriendo que hay otras formas de conocer la verdad más allá de la razón. Estos dos pasos van a suponer la unidad del conocimiento , que es el arreglo del quiebre del hombre que implicó la modernidad, el reconocimiento de que a la Verdad se llega por varios caminos complementarios.
La historia del pensamiento ha sido siempre un vaivén, un zig-zag, en la búsqueda de la respuesta a la pregunta ¿dónde está la realidad, en lo material o en lo ideal? Aristóteles consigue una síntesis que muchos estiman como genial, entre el materialismo de los atomistas y el idealismo de Platón: cada cosa está compuesta de materia y forma.
La voluntad separa, la razón une. La voluntad es lo que me individúa, lo que hace individuo. Las preferencias son una manifestación de la voluntad, las convicciones o creencias manifiestan, que son fruto de la razón, sirven para unir individuos.
Esto es lo que explica que la modernidad haya sido la época del individualismo.
Decimos que la fe se recibe por Revelación, pero realmente se recibe por Tradición. A casi nadie Dios se le ha “revelado”, al menos, directamente. Lo que Dios ha dado a todos, aunque en distinta medida, no es una Revelación, unas verdades, sino una facilidad para aceptar una tradición, mayormente haciéndonos nacer en un hogar con cierta fe.
