Ver, en la sociedad, solo ‘poder’ es otra forma de ceguera
Contra el podercentrismo
Occidente lleva más de un siglo haciéndose una pregunta con aire de profundidad que muchas veces produce caricaturas: ¿quién tiene el poder? En un matrimonio, en un aula, en una familia, en una parroquia, en una empresa, la primera sospecha contemporánea es siempre la misma: ‘aquí alguien domina a alguien’. Encontrar al dominador es entender la situación. Lo demás es decorado.
A esa tendencia le he puesto un nombre: podercentrismo. La reducción de la realidad social a relaciones de mando, control, subordinación y dominación. Una lente que capta cosas reales pero que, convertida en llave maestra, empobrece casi todo lo que toca.
De dónde viene
El podercentrismo no cayó del cielo. Tiene genealogía.
Marx enseñó que detrás de ideas nobles suelen operar intereses materiales: propiedad, clase, producción. No inventó la sospecha —Europa ya estaba convulsa de revoluciones, guerras y miseria industrial—, pero la sistematizó. Tomó la dialéctica de Hegel, la economía inglesa y la miseria obrera, y construyó una máquina intelectual para leer la sociedad desde el conflicto estructural. Donde otros veían política, derecho, religión y costumbres, Marx vio una arteria común: quién posee los medios de producción y quién vende su trabajo.
Nietzsche radicalizó la sospecha en otra dirección: la moral misma es voluntad de poder disfrazada. La compasión, la culpa, los ideales ascéticos son —según él— instrumentos de los débiles para dominar a los fuertes. Si Marx sospechaba de la economía, Nietzsche sospechaba de la virtud.
Freud añadió otra capa: lo que creemos decidir libremente está guiado por fuerzas inconscientes. Deseo, represión, pulsiones que la conciencia ignora o disfraza. Otra versión de “lo que ves no es lo que de verdad opera”.
La Escuela de Frankfurt —Horkheimer, Adorno, Marcuse, luego Habermas— heredó todo eso y lo mezcló. Su punto de partida fue una crisis interna del marxismo: ¿por qué la clase obrera no hizo la revolución? ¿Por qué las masas apoyaron el fascismo? ¿Por qué el capitalismo se adapta y sobrevive? Su respuesta: la dominación no es solo económica. También la cultura estabiliza sistemas: cine, radio, publicidad, entretenimiento, prestigio, burocracia. Acuñaron el concepto de “industria cultural”. Incorporaron a Freud: el deseo de autoridad, la personalidad autoritaria, la sumisión emocional. Pasaron de una máquina de una sola fuerza a un sistema multicausal. Pero el eje siguió siendo dominación.
Foucault llegó desde otra tradición —Nietzsche, estructuralismo francés, historia de instituciones— y dispersó el poder todavía más. Ya no solo el Estado o una clase dominan. El poder circula por escuelas, clínicas, prisiones, censos, terapias, categorías diagnósticas, normas de sexualidad, sistemas de clasificación. El poder no solo reprime: produce verdades, identidades, subjetividades. No hace falta un tirano; basta un formulario, un examen, un protocolo hospitalario, un manual de diagnóstico psiquiátrico. Es brillante como microscopio. Pero bajo esa lente, todo empieza a parecer dispositivo de control.
La teoría crítica de raza, los estudios de género, el postcolonialismo y buena parte del pensamiento académico contemporáneo beben de estas fuentes. El resultado acumulado es un hábito intelectual muy extendido: ante cualquier institución, norma o relación, la primera operación mental es buscar el poder oculto.
Lo que acierta
Conviene no ser ingenuo. La sospecha tuvo razón histórica y sigue teniéndola en muchos casos.
Muchas jerarquías que se presentaron como naturales, racionales o sagradas encubrían intereses concretos. Muchos discursos de amor, tradición y vocación sirvieron para barnizar abusos. Muchas instituciones neutrales en apariencia reprodujeron desigualdades sistemáticas. El colonialismo se vendió como misión civilizadora. Patriarcados duros se justificaron apelando a la naturaleza. Sistemas legales formalmente igualitarios generaron resultados profundamente desiguales. Señalar eso no es paranoia; es lucidez.
La teoría crítica cumple una función higiénica: obliga a demostrar que un límite es real y no simplemente una convención que beneficia a algunos. El gesto crítico de “desnaturalizar” —devolver a la historia lo que la historia produjo, arrancarle a una costumbre la máscara de destino— sigue siendo valioso cuando se usa con juicio.
Donde empieza el problema
El problema empieza cuando una herramienta nacida para corregir una ceguera produce otra.
Empieza cuando toda diferencia se lee como jerarquía, toda jerarquía como abuso, toda norma como mecanismo de control, toda excelencia como privilegio disfrazado, toda autoridad como opresión embrionaria, toda tradición como dominación congelada, toda verdad como narrativa del vencedor. Ahí la teoría deja de descubrir y empieza a presuponer. Ya no investiga si hay poder; lo da por hecho en todo. Y entonces empobrece la realidad.
En un matrimonio, la relación se entiende mejor por amor, lealtad, reparto de funciones, hábitos de cuidado, admiración o erosión afectiva que por la pregunta “quién manda”. En la crianza, importa más el cuidado, la formación, la autoridad legítima y el deber de protección que el poder sobre el niño. En la educación, el maestro no es solo un agente de poder; es un mediador de realidad que introduce al alumno en un mundo valioso. En la amistad, las preguntas reales son confianza, afinidad, generosidad, resentimiento, admiración. “¿Quién tiene el poder?” casi nunca explica lo importante.
El podercentrismo comete tres errores recurrentes. Confunde asimetría con dominación: no toda diferencia de autoridad implica opresión. Confunde influencia con poder: que alguien cambie mi forma de ver el mundo no significa que me domine. Y confunde coordinación con sumisión: mucha vida social consiste en articularse alrededor de fines compartidos, no en ganar luchas de posición.
Qué no se deja reducir a poder
Hay dimensiones de la vida que el poder toca pero no agota.
La verdad puede ser censurada, deformada, instrumentalizada por el poder. Pero dos más dos no son cuatro porque un grupo dominante lo impuso. Si toda verdad fuera poder, la propia crítica al poder perdería base, porque también sería solo una jugada de poder.
La belleza convoca más que empuja. Seduce más que obliga. Un atardecer, una fuga de Bach, una catedral no se experimentan primariamente como coerción, sino como atracción, armonía, sobrecogimiento.
El amor genuino tiene algo antiutilitario. La maternidad y la paternidad sanas, la amistad leal, la entrega al cónyuge no encajan bien en una teoría puramente agonística. La mirada del poder ayuda a detectar amores enfermos; no explica el núcleo del amor sano.
La contemplación —mirar el mar, leer filosofía, orar, quedarse en silencio frente a un paisaje— no es una estrategia de posición. Es más bien una suspensión del impulso de control.
El sacrificio y la vocación son quizá lo que peor capta una teoría centrada en poder. El mártir, la madre abnegada, el rescatista, el que renuncia a una ventaja por fidelidad a un principio, no se entienden como maximizadores de poder. Reinterpretarlos así suena forzado y mezquino.
El juego, el humor, la gratitud, la lealtad, el prestigio moral ganado por carácter: todo eso existe, todo eso mueve montañas, y sin embargo una parte del pensamiento occidental se entrenó para no verlo o para verlo siempre bajo sospecha.
Las raíces profundas
¿De dónde viene esta obsesión? No de una sola fuente.
Viene en parte del materialismo: si el ser humano es esencialmente un cuerpo vulnerable que compite por recursos y seguridad, el poder se vuelve la categoría natural. Sin poder no proteges tu cuerpo, no aseguras recursos, no defiendes a los tuyos. Cuando una cultura pierde consensos sobre verdad objetiva, bien moral, naturaleza humana o trascendencia, queda una categoría residual muy sólida: poder. Porque aunque no sepamos qué es bueno, sí vemos quién manda.
Viene también del individualismo moderno. Cuando la persona deja de entenderse como miembro de un clan, una fe, un linaje o una comunidad densa, y pasa a verse como unidad autónoma en un mar de extraños, la moral dominante se vuelve defensiva: que no me pisen, que no me definan, que no me excluyan, que no decidan por mí. Cuanto más atomizada la sociedad, más importante se siente el poder defensivo. Mucho moralismo contemporáneo no nace del deseo de mandar, sino del miedo a quedar inerme entre extraños.
Y viene, desde luego, del trauma histórico. Después de esclavitud, colonialismo, totalitarismos, guerras mundiales y genocidios, muchas corrientes intelectuales concluyeron razonablemente que detrás de discursos nobles había estructuras de dominación. Esa experiencia no se puede descartar. El desencanto tiene razones.
La alternativa no es ingenuidad
No se trata de volver a una época donde se romantizaba toda autoridad, toda tradición, toda jerarquía. El lenguaje del poder fue un correctivo necesario contra ingenuidades reales. Muchas veces el lenguaje del amor encubrió abuso. Muchas veces el lenguaje de la tradición sirvió para congelar ventajas. Muchas veces el lenguaje del deber exigió sacrificios unilaterales.
Pero una herramienta nacida para curar puede, en dosis altas, envenenar.
La alternativa al podercentrismo no es negar el poder, sino destronarlo como categoría suprema y devolverlo a un lugar secundario dentro de una gramática más amplia de lo humano. Una gramática que incluya amor, autoridad legítima, servicio, reciprocidad, cooperación, prestigio, competencia funcional, sacrificio, fines compartidos, dependencia mutua, gratitud, imitación, vocación y belleza.
La pregunta más fértil no es “¿quién tiene el poder?”, sino: ¿qué forma de vida están tratando de sostener entre sí estas personas? ¿Qué bien intentan proteger? ¿Qué obligaciones recíprocas han construido? ¿Qué autoridad reconocen y por qué?
Esas preguntas se acercan más a la textura real de la vida.
Cierre
Las grandes pérdidas de tiempo en la historia no se dan solo por responder mal. Se dan también por perseverar en preguntas mal planteadas. “¿Quién tiene el poder?” puede ser indispensable en un golpe de Estado, en una purga, en una mafia, en un matrimonio donde hay violencia real. Pero convertida en pregunta universal, resulta intelectualmente estéril y moralmente vulgar. Es una pregunta de baja resolución aplicada a tejidos humanos de altísima complejidad.
El siglo XIX nos dejó herencias magníficas y también vicios mentales de largo alcance. Entre ellos, el hábito de creer que lo último siempre es conflicto de intereses, choque de clases, voluntad de dominación. Pero la realidad humana es más ancha. El hombre no es solo un animal que pugna; es también un animal que cuida, que admira, que aprende, que promete, que agradece, que sirve, que se deja formar, que se ordena a fines que lo trascienden.
Reducirlo todo al poder no es ser radical. Es ser monótono.
Ver poder donde hay poder es lucidez. Ver solo poder en todas partes es ceguera.
